domingo, 20 de diciembre de 2015

En el ojo de la tormenta

Amainó en 2015 el volumen de las voces apocalípticas que anunciaban el fin del libro, el fin de la lectura, el fin de las editoriales, y el mundo editorial padeció en silencio el reacomodo, el asentamiento natural de los cimientos y de las paredes después del terremoto. Acabamos el año en el mundo editorial de habla hispana con dos gigantes en pugna no tan sorda y un centenar de editoriales medianas y pequeñas que evidentemente se fortalecen a su sombra. Editoriales que, además, han aprendido a trabajar en grupo con alianzas más fluidas de las que se propusieron hace unos años y más eficientes, lideradas no por los editores sino por los escritores jóvenes, cada vez menos dispuestos a firmar contrato blindados con las grandes editoriales.
Se establece el circuito público de los escritores, de la misma manera como hace unos años las bandas musicales salieron de gira, tras el derrumbe de las grandes disqueras. Los autores están aprendiendo a conversar con su público y este cada vez se prepara mejor para encontrarse con sus escritores favoritos.
Pero no hemos visto el fin de los movimientos telúricos, y el mundo hispano exhibe un rezago cada vez más preocupante en el mundo digital. Un ejemplo: el año entrante, como sabemos, se celebran 400 años de la muerte de Shakespeare y de Cervantes. La Real Academia anunció en su página una edición conmemorativa que en realidad es una reedición de la edición de 2005 con varios estudios adicionales. Se puede ordenar por Amazon (aunque saldrá a la venta en enero en 2016) y vale diez dólares. Y no está disponible en edición digital. Tampoco está disponible la edicion de 2005. Y esta es solo la punta más visible de un iceberg contra el cual se estrellará inevitablemente la literatura en español, y la producción científica en español, y el pensamiento crítico en español, en particular el proveniente de España. Nosotros, en el patio trasero, tenemos otros horizontes hacia dónde mirar.
Un feliz año, lleno de palabras maravillosas.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Los niños y los libros

Se publicó a comienzos de este año un artículo muy interesante que demuestra lo que todos los adultos tememos secretamente pero nos negamos a aceptar en público: un abismo separa a los proveedores de literatura infantil (bibliotecarios, en este caso, pero también padres y maestros) de los consumidores de literatura infantil.
A primera vista las razones parecen evidentes: a los niños les gustan los dulces, y comerían dulces hasta saciarse si no hubiese un adulto a su alrededor que se preocupara por su adecuada nutrición. Lo cual querría decir que, en lo que se refiere a la lectura, una cosa es lo que es bueno para los niños y otra cosa es lo que los niños creen que es bueno para ellos. Quizás debamos insistir en dar a los niños brócoli para que lean, y confiar en que cuando sean grandes entiendan que eso es lo mejor para ellos.
Durante mucho tiempo los libros para niños fueron didácticos —muchos siguen siéndolo.  Y su función era enseñar a los niños el camino que lleva a convertirse en un adulto virtuoso, o por lo menos en un adulto que distingue las letras y los colores.
Pero en el siglo 18 se empezaron a publicar libros para entretener a los niños, en parte como reacción a las teorías educativas desarrolladas por John Locke  y Jean-Jacques Rousseau. El inglés Locke, más indulgente con los niños que el francés, consideraba que en el proceso educativo los padres debían tratar de entender las tendencias naturales de los niños, su personalidad, para sacar lo mejor de su naturaleza. Los niños, afirmaba Locke, aman la libertad, son inquisitivos, y prefieren ser tratados como seres racionales: y estas tres características siguen siendo la guía fundamental para quienes escriben, editan o difunden libros infantiles.
Suena fácil, pero sabemos que no lo es. Sabemos también que el enfrentamiento entre los libros divertidos y los libros didácticos sigue vivo, y que este enfrentamiento marca las listas de los "mejores" libros para niños que año tras año se publican en todos los medios. El investigador John Beach descubrió, al comparar las preferencias expresadas por los niños durante 30 años con las preferencias de los adultos, que estos  favorecen siempre los libros con una clara tendencia didáctica, mientras que aquellos escogen a los autores que los han divertido en el pasado. Y las listas de los unos y de los otros comparten menos del 4% de los títulos.
Una cosa más, que resulta indispensable tener en cuenta al abordar estas divergencias: Beach descubrió que muchos de los libros premiados por los adultos y favorecidos por estos son libros que se ocupan de temas que asustan a los niños, o los hacen sentir incómodos —la muerte, el abandono, la violencia— y por eso los evitan.
Así que no se trata solamente de cerrar la brecha entre el didactismo y la diversión, un reto mayúsculo para quienes se ocupan de canalizar libros hacia los niños. Se trata también de decidir si en el proceso de criar a nuestros hijos debemos incluir las miserias de la vida que nos rodea, o ignorarlas y esperar a que el golpe avise.
¿Cómo enfrentar este reto?  Cito al filósofo inglés Bertrand Russell: "Gran parte del mal que el hombre inflige al hombre nace de quienes creen estar seguros de algo que en realidad es falso."

domingo, 6 de diciembre de 2015

Leer el teléfono


Acaba de llegar a mi correo, vía Texturas Express, la Primera Encuesta Nacional sobre Consumo de Medios Digitales y Lectura entre los jóvenes mexicanos (12 a 29 años de edad).
Lo primero que muestra, y ya nos lo habíamos imaginado, es que el teléfono es el aparato más importante en la vida de los jóvenes de hoy, y que invierten en promedio 12 dólares al mes para conectarse a internet. Con el teléfono chatean, envían y reciben correos, se pasean por las redes sociales, escuchan música, ven videos, estudian, y se informan; también, aunque en menor proporción, leen: noticias, artículos, reseñas, comics, correos. Ocho de cada 10 jóvenes afirmó que le gustaba leer, y 3 de cada 10 jóvenes usó internet para leer libros la semana anterior a la encuesta. Pero a la hora de leer novelas o cuentos, el 46% aseguró que prefería los libros impresos; el 61% aseguró haber leído, por gusto, un libro o parte de un libro. La mayor parte de los lectores en formato digital obtienen el material gratuito en internet. Los pocos que afirmaron que compraban libros digitales, no invirtieron más de 30 dólares al año. En cambio quienes leen libros impresos prefieren comprarlos  a consultarlos en una biblioteca e invierten en ellos cerca de (50 dólares) al año.
Hay mucha más tela qué cortar en esta encuesta, pero por ahora quiero resaltar lo obvio: que el romance uno a uno que tuvo mi generación con el teléfono se ha vuelto una relación poliamorosa; que los jóvenes se conectan a través del teléfono (no se aíslan, como quisieran creerlo muchos); que los jóvenes leen hoy más que nunca, y que leen de todo; que los jóvenes, como todo el mundo, prefieren el papel a la hora de pasar mucho tiempo con un texto literario; y que internet lo que hizo fue poner los libros al alcance de los lectores, labor que desempeñaron las bibliotecas públicas en otro siglo y en otros países pero no en los nuestros. El cielo se despeja, del lado de los lectores. ¿Qué estarán pensando hacer los editores? 

domingo, 15 de noviembre de 2015

Llegaron los lectores

Entre 2010 y 2014 el Ministerio de Cultura adquirió y produjo una colección de literatura para primera infancia y una serie infantil: más de diez millones de libros fueron entregados mayoritariamente a la Red Nacional de Bibliotecas Públicas y a las unidades de servicio del ICBF, siguiendo una larga tradición de libros producidos por el Estado para mejorar los índices de lectura. Lo que resulta excepcional en este caso es la evaluación realizada, que (según el comunicado) “toma el año 2012 como línea de base y hace mediciones de seguimiento en 2013 y 2014 retomando la metodología desarrollada por Bookstart en el Reino Unido para medir el alcance de su inversión en libros para primera infancia.”
No es este el lugar para cuestionar el cuestionable afán del Ministerio de Cultura de “determinar cuánto dinero se genera cuando se invierte en el programa estudiado”.
Porque lo que resulta fundamental resaltar es la iniciativa de hacerle seguimiento a los programas de promoción de lectura: por fin prevalece la necesidad de garantizar el acceso a los libros sobre la idea, implícitamente aceptada por las decenas de programas editoriales promovidos y pagados por el Estado, de que el libro es un objeto mágico cuya sola existencia garantiza la felicidad. Así, “el estudio muestra que el programa efectivamente genera un incremento del 9,5 % en el porcentaje de niños que tiene acceso a libros en el lugar donde pasa la mayoría de su tiempo y que hay un 15 % de aumento en la cercanía de los niños y las niñas a los libros”. 
Todo parece indicar que soplan nuevos vientos en el ámbito institucional del libro colombiano: así lo indica, por ejemplo, la Metodología para explorar y medir el comportamiento lector que el Cerlalc presentó en marzo de este año; y también el lema del reciente Festival de libros para niños y jóvenes: “Familia que lee unida, va a la librería”, lema que estuvo acompañado de varias actividades conducentes a reunir lectores y libreros.
Parece que por fin aterrizamos, un aterrizaje imprescindible si hemos de superar el atraso de más de cien años que lastra la difusión de la lectura en Colombia.


domingo, 8 de noviembre de 2015

El silencio de los editores

En este año del centenario de La metamorfosis de Kafka, llegó a mis manos una nueva traducción al español de El proceso de Kafka, realizada por John Londoño Smith y Guillermo Sánchez Trujillo. Este último, un matemático antioqueño, ha dedicado años de su vida al estudio del Proceso con la atención desaprensiva de quien no tiene por qué atenerse al lenguaje críptico de la teoría literaria sino que está más bien interesado en descifrar un misterio. Ese talante, el del desciframiento, es por supuesto el talante del verdadero lector enfrentado a la gran literatura. Y aunque aquí nacen los grandes interrogantes de la teoría literaria (sobre el autor, sobre la intención, sobre la relación del texto con el mundo), esta tiende a ignorar con cierto desprecio las pretensiones  de los no iniciados. 
El proceso, como casi toda la obra de Kafka, es obra de un escritor, Franz Kafka, y de un editor, Max Brod, quien desoyó las instrucciones de su amigo de quemar sus manuscritos y dedicó gran parte de su vida a estructurar una obra con los escritos de aquel. Es, pues terreno abonado para los estudiosos y para los curiosos, y Guillermo Sánchez es de ambos, a juzgar por la seriedad de su trabajo y por su insistencia. En 2009 publicó El enigma de los manuscritos, desciframiento de El proceso de Franz Kafka. En esta obra (de libre acceso en internet) propone una teoría literaria muy interesante y plausible: gran parte de la obra de Kafka es una reescritura de Crimen y castigo, de Dostoievski. 
Aparentemente impulsado por el desinterés de la academia (y por el interés de Tomás Eloy Martínez), Sánchez se dedicó a continuación a traducir El proceso, que publicó este año ateniéndose además a su edición de la novela. 
En español hay más de diez traducciones de El proceso, la primera de las cuales aparentemente fue hecha por Vicente Mendivil en Argentina antes de 1940. También los mexicanos, los españoles y los ecuatorianos lo tradujeron, y hay una traducción del colombiano Sergio Lleras publicada por Panamericana en 1999. La traducción de Sánchez, de 2005, se une a una tradición importante y a una conversación en torno a Kafka y a su obra que está lejos de morir. Tiene además una particularidad adicional: que es un libro auto publicado, señal del abismo que separa en Colombia a los editores de los autores y de los lectores; un abismo cuyo horror va desdibujándose a medida que los segundos se desmarcan de los primeros, decididos a hacer su vida sin validaciones inútiles.

domingo, 1 de noviembre de 2015

La nostalgia inútil

Tres grandes del mundo del libro han ocupado las primeras planas de los periódicos recientemente: el primero, la editorial Knopf, que celebró sus primeros cien años en grande con una gala en la Biblioteca Pública de Nueva York y recordó al mundo su colección de premios Nobel (25), pulitzers (61) y  premios nacionales del Libro (33).
Un par de días después se anunció la muerte de Carmen Balcells,  fundadora en 1956 de la famosa agencia literaria española que lleva su nombre y que representa a más de 300 autores (seis premios Nobel: García Márquez, Vargas Llosa, Camilo José Cela, Neruda, Aleixandre, Asturias), Balcells fue una de las protagonistas más relevantes del boom latinoamericano.
Poco después los periódicos de todo el mundo confirmaron la noticia de la muerte a los 67 años del escritor sueco Henning Mankell, creador del detective Kurt Wallander. Mankell, que además de novela negra escribía teatro, llegó a vender 40 millones de ejemplares de sus obras. Y como Dashiell Hammet, su padre literario —quien murió en la pobreza— militaba en la izquierda, y describía su sociedad desde la posición crítica característica de la más tradicional novela negra, y también desde su optimismo inocente: el bien siempre gana.

Los hermanan las cifras que acompañan las noticias y la sensación de que asistimos de nuevo al fin de una era: Balcells estaba en conversaciones desde 2014 conducentes a la fusión con Wylie, conversaciones se suspendieron antes de su muerte y que en parte se explican por la apertura de la agencia de Wylie en España, con el catalán Cristóbal Pera a la cabeza. Mankell es quizás la antepenúltima de las estrellas del mundo literario —la última sin duda es Vargas Llosa, que alcanzó el honor de ocupar la portada de Hola. Y Knopf... Knopf fue fue vendida a Random House en 1960 y es uno de los sellos de la firma alemana Bertelsmann, el grupo editorial más grande del mundo.
Es inevitable sentir tristeza; pero tonto, sentir nostalgia: el firmamento libresco, todo poblado de gigantes rojas, es un espectáculo fascinante, pero aterrador: la inminencia de una explosión o la conversión en agujeros negros no son opciones halagüeñas. Nos gusta más la idea de una multitud creativa, de nuevos ecosistemas, de posibilidades inexploradas. No será todo como lo conocimos y nos desacomodaremos aun más: pero como nos lo recordó Fedrico Falco hace unas semanas, hacer arte implica estar fuera de lugar.

No todo está decidido

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, el editor Alfred Knopf sentenció que la radio y la televisión jamás sobrepasarían en importancia al libro. Supongo que Knopf pensaba en ese momento en series de televisión como el show de Lucille Ball y en libros como la República de Platón. No estaba pensando, porque en esa galaxia no se pensaba en eso, en los libros como entretenimiento, en Harry Potter, en Juego de tronos. Quizás estaba pensando en lo mucho que esos otros medios de circulación debían a la literatura y al libro, en donde lo habían aprendido todo sobre la narración, los argumentos, la creación de personajes, el suspenso, los finales sorprendentes. Pero no se le habría ocurrido entonces que llegaría un día en que la televisión y el cine serían los pioneros en la exploración de nuevas formas de narrar y el libro los seguiría detrás, aprendiendo y copiando, robando sus propuestas gráficas, sus chistes, sus ritmos.
Una mirada a vuelo de pájaro a los nuevos formatos de la televisión apoya lo dicho: miniseries, telenovelas, series pensadas para ser vistas en una o dos sentadas, comedias, realities, cortos, series de dibujos animados como Adventure Time, en donde el esquema clásico de los héroes se mezcla con el nihilismo simpsoniano y el rídiculo, y la sátira preludia el sentimentalismo.  
Knopf en realidad afirmó que las revistas, el cine, la televisión y la radio nunca reemplazarían a los buenos libros, una de esas frases que se repite hoy como un mantra  que esconde la verdadera lección de ese momento, como nos lo recordó hace poco en un twitter el escritor paisa Luis Miguel Rivas: “A nosotros nos enseñaban que para qué  reflexionar si ya todo está decidido”.
La televisión dirige la parada hoy, seguramente camino del abismo pero no por eso menos fascinante, de las formas de narración, mientras la literatura mira de lejos, anclada en el siglo 19, empeñada en matarnos de aburrimiento con tal de no mojarse.